La democracia en treinta pÃldoras.
Miguel Carbonell.
IIJ-UNAM.
Giovanni Sartori ha dedicado muchas horas de su vida al estudio de la democracia, de los partidos polÃticos, del método en las ciencias sociales, de la opinión pública y del pluralismo. En un libro reciente nos ofrece una sÃntesis bastante apretada de los principales temas alrededor del debate democrático contemporáneo, que engloba a todos los que se han mencionado
. Se trata, en realidad, de la transcripción de los guiones utilizados por Sartori para breves comentarios televisivos que la televisión pública italiana le pidió a fin de transmitirlos en horario de máxima audiencia, con una duración máxima de cuatro minutos por comentario.
La edición de los textos corrió a cargo de Lorenza Foschini, la productora de los programas, quien en la introducción del libro que estamos comentando apunta que es posible elevar el nivel de la programación televisiva sin por ello tener que caer en programas inútilmente doctos y aburridos. Es algo que deberÃan advertir los encargados de los sistemas televisivos mexicanos, que más bien parecen sostener la tesis contraria: se puede siempre bajar el nivel de los programas, sin tomar en cuenta si son o no aburridos (ya no digamos formativos).
Sartori comienza sus “pÃldoras democráticas” haciendo referencia a cuestiones conceptuales. Nos recuerda que la democracia es el gobierno del pueblo, pero se pregunta ¿quién es el pueblo? Puede parecer una pregunta obvia, o incluso retórica, pero me parece que tiene tanto un interés histórico como un interés estrictamente actual. Históricamente lo que entendemos por pueblo para efecto de la participación democrática no ha sido lo mismo que lo que entendemos hoy en dÃa. La exclusión durante siglos de las mujeres, los pobres o las personas de color fue la regla y no la excepción. Hoy en dÃa todavÃa mantenemos inaceptables exclusiones para los inmigrantes, los cuales reciben –en el mejor de los casos- un trato como personas de segunda clase, pero que incluso llegan a ser considerados como “no personas” en muchos sitios, para vergüenza de nuestras sociedades tan supuestamente liberales y abiertas. Basta mirar a
la Constitución mexicana, que en ninguna de sus más de 600 modificaciones ha podido sacudirse el tufo xenofóbico de muchos de sus artÃculos
. Y si la discriminación comienza por el texto de
la Carta Magna ya podrá imaginar el lector el estado en el que se encuentra el resto del ordenamiento jurÃdico.
Sartori nos habla también del realismo y el idealismo como formas de acercarse a la comprensión de lo que es la democracia. La tradición realista, nos recuerda, se remonta a Nicolás Maquiavelo, el prÃncipe de los realistas. La tradición idealista cobra fuerza mucho después y alcanza su máximo esplendor con el pensamiento de Carlos Marx, que se atreve a proponer la última utopÃa: la desaparición del Estado. Desde luego, no es que fuera una utopÃa democrática, pero hay que aceptar que las consecuencias de su idealismo fueron inconmensurables.
Sartori, pese a su tendencia fuertemente realista, reconoce que los ideales son importantes para cualquier régimen democrático. Los ideales democráticos se expresan en valores importantes, que nos hacen cuestionar el estado actual de nuestros sistemas polÃticos y que sirven como motor para su mejoramiento.
Los ideales democráticos se concretan en valores como la libertad, la igualdad, la tolerancia, el respeto por el pluralismo, los derechos humanos en general, la dignidad de las minorÃas, etcétera.
Sartori se detiene en el tema de la opinión pública, a la que califica como la base sobre la que se sostiene todo el edificio democrático. Las elecciones deben ser libres en una democracia, apunta nuestro autor, pero también debe ser libre la conformación de las opiniones. El problema es que esa libertad exige una cierta dosis de compromiso por parte de la ciudadanÃa. Y es probable que en muchas sociedades ese compromiso simplemente no exista.
Sartori se muestra pesimista (en esta y en otras partes de su libro) sobre la calidad de la ciudadanÃa. No le ahorra crÃticas al ciudadano que ni entiende ni quiere entender nada de la democracia, que no se preocupa por las elecciones y los partidos, que ni siquiera participa a través de su voto. Quizá no se trate de ideas polÃticamente correctas, pero seguramente Sartori tiene buena parte de razón. Diversos estudios empÃricos constatan una permanente disminución del compromiso cÃvico en general y del compromiso con las actitudes y valores democráticos en particular.
En efecto, en el mundo del siglo XXI se ha producido un tránsito cuando menos paradójico en los escenarios de la participación polÃtica: cuanto más se han ensanchado esos escenarios (a través de la universalización del sufragio activo), tanto más se han multiplicado las actitudes displicentes o claramente abstencionistas por parte de los votantes.
La participación polÃtica no está muy bien considerada: quien milita en un partido o en un sindicato es visto con sospecha por sus amigos y vecinos. No solamente la militancia, sino las instituciones mismas que caracterizan a la participación polÃtica han sido puestas en cuestión. El caso de Estados Unidos es muy sintomático: a partir de la década de 1960, se ha producido un constante aumento de la abstención electoral, tanto en las elecciones federales como en las locales. Menos del 50% de los posibles votantes decidieron en 1996 acudir a las urnas para votar por Bill Clinton, Ross Perot o Robert Dole
. En México la participación electoral no suele rebasar el 50% de los inscritos en el padrón, sobre todo tratándose de elecciones locales.
Los estudios sociológicos demuestran además que las personas que se suelen abstener de votar en las elecciones también tienen menor predisposición a cooperar con los demás en temas distintos de los electorales. Robert Putnam apunta lo siguiente: “Frente al sector demográficamente equiparable a los no votantes, los votantes tienden más a interesarse por la polÃtica, hacer donativos de caridad, practicar el voluntariado, formar parte de los jurados, asistir a las reuniones del consejo escolar, participar en manifestaciones públicas y cooperar con sus conciudadanos o en asuntos comunitarios”
. No se trata, por tanto, de que la abstención afecte solamente a la tasa de votantes, sino que se proyecta en múltiples manifestaciones de la vida comunitaria.
Pero los problemas de la “esfera pública” a los que se refiere Sartori no se agotan en el tema de los instrumentos de la representación polÃtica, sino que incluyen todas las formas de “activismo cÃvico” y de colaboración con extraños. En los paÃses en los que se han realizado los estudios pertinentes para medir la participación asociativa de las personas, se ha constatado una disminución no solamente importante, sino constante a partir de
la Segunda Guerra Mundial. Todo parece indicar que las personas prefieren privilegiar la experiencia privada, los quehaceres familiares y lúdicos, antes que el intercambio de esfuerzos y experiencias con personas que no pertenecen al núcleo familiar.
Son muchas las causas de este “retorno a la privacidad”, pero una de ellas –identificada en otros paÃses- sin duda que existe y se manifiesta en México: la menor confianza hacia los demás. En Estados Unidos Robert Putnam ha documentado que, para el año 1996, solamente el 8% de los encuestados decÃa que la honradez y la integridad de sus compatriotas estaban mejorando, contra un 50% que pensaba que se estaban convirtiendo en personas menos dignas de confianza
. ¿Cómo podemos participar en iniciativas comunitarias, en asociaciones cÃvicas, si no confiamos en los demás? ¿cómo no vamos a preferir recluirnos en la esfera privada si vemos en nuestros vecinos a potenciales agresores contra nuestros derechos?
Veamos más datos e imaginemos qué resultados obtendrÃamos si los intentáramos aplicar a paÃses de América Latina. En Estados Unidos el interés por lo polÃtico disminuyó en un 20% entre 1975 y 1999
. El número de lectores de diarios entre la gente de menos de 35 años cayó de dos tercios en
1965 a un tercio en 1990 (y la proporción seguramente ha disminuido desde entonces, como efecto del internet, los chats y los blogs) y en ese grupo de edad solamente el 41% de los encuestados afirma ver noticieros televisivos
. Las personas que aspiran a un cargo público en los distintos niveles del gobierno norteamericano se redujeron en un 15% en los últimos veinte años, de modo que los ciudadanos de ese paÃs han perdido la posibilidad de elegir a 250,000 personas como sus representantes
. Entre 1973 y 1994 el número de norteamericanos que asistieron a una asamblea pública sobre asuntos municipales disminuyó en un 40%
. En ese mismo periodo de 20 años el número de miembros de “algún club interesado en mejorar la administración” se redujo en un 33%
.
Para un paÃs del tamaño y de la importancia de los Estados Unidos estas cifras son apabullantes. Putnam lo sintetiza con un dato impresionante: cada punto porcentual de los aspectos que se han citado supone anualmente dos millones de ciudadanos menos que participan y están comprometidos con algún aspecto de la vida comunitaria, de tal suerte que se tienen 16 millones menos de personas participando en asambleas públicas sobre asuntos locales, 8 millones menos de personas participando en comités cÃvicos y organizaciones de base, asà como 3 millones de personas menos trabajando en asociaciones para mejorar la administración
. Una enorme sangrÃa cÃvica, sin duda.
Pero hay una cifra, de entre las muchas que cita Putnam, que es muy reveladora: mientras que la participación como votantes y como miembros de los partidos polÃticos ha disminuido, ha aumentado de modo significativo el dinero recaudado y gastado en las campañas polÃticas. En 1964 se gastaron en las campañas electorales 35 millones de dólares, pero esa cifra alcanzó los 600 millones de dólares para 1996 y seguramente ha seguido subiendo desde entonces. ¿Porqué se deja de participar personalmente en los partidos y sin embargo se les da más dinero?
La hipótesis de Putnam es que se sustituye el tiempo por el dinero. Putnam lo explica con las siguientes palabras: “A medida que el dinero sustituye al tiempo, la participación en polÃtica se basa cada vez más en el talonario de cheques. La afiliación a clubes polÃticos se redujo a la mitad entre 1967 y 1987, mientras que la proporción de público que contribuyó económicamente a una campaña polÃtica llegó casi a doblarse”
.
Y un dato final que nos deberÃa poner a pensar: la disminución más drástica en la participación cÃvica se produjo entre las personas con mayor formación académica
. Esto puede resultar sorprendente, pues podrÃa razonablemente suponerse que a mayor formación académica mayor disposición a integrarse en asuntos públicos y a asumir un punto de vista protagónico y no el de un mero espectador. Los datos, sin embargo, demuestran lo contrario y nos permiten aventurar la hipótesis de que hace falta algo más que formación académica. El haber pasado por un aula universitaria no garantiza en modo alguno ciertos niveles de compromiso cÃvico.
De forma casi proporcional, la disminución de la participación polÃtica y del compromiso cÃvico se ha correspondido con un aumento del papel de consumidores de las personas. Las “necesidades” de consumo se han multiplicado hasta el infinito y hoy en dÃa abarcan no solamente una parte muy significativa del presupuesto individual y familiar, sino también nuestro tiempo y nuestros ideales de vida. Lipovetsky apunta que la fiebre del confort desatada por el consumismo “ha sustituido a las pasiones nacionalistas y las diversiones a la revolución”
. La oferta de productos a nuestro alcance se ha multiplicado hasta el infinito. Los responsables del marketing han sabido crear un escenario en el que todos somos consumidores y en el que lo ideal es que lo seamos durante la mayor parte de nuestro tiempo. Cada grupo de edad y cada experiencia vital pueden ser reconducidos hasta la lógica consumista y encontrar una necesidad por satisfacer, de forma continúa. El consumismo ha dejado de ser una fuente de satisfacción de necesidades vitales para pasar a formar parte de nuestra identidad psicológica y de nuestro estilo de vida.
Es imposible reflexionar sobre la democracia de nuestros dÃas sin tomar en cuenta los datos que se acaban de apuntar y con los que Sartori seguramente coincidirÃa. Hablamos de democracia teniendo en mente a una ciudadanÃa informada, participativa, preocupada por los problemas comunes de la polis y dispuesta a aportar su parte de sacrificio y colaboración para solucionarlos. Lo cierto es que esa ciudadanÃa hoy en dÃa no existe.
Ahora bien, Sartori nos advierte que los problemas sin duda importantes que afectan el funcionamiento cotidiano de las democracias no se deben utilizar como pretexto para hacer una crÃtica a la idea misma de democracia. Sartori apunta que el peligro más fuerte al que se enfrentan hoy en dÃa las democracias proviene de su interior y consiste en confundir la crÃtica al funcionamiento democrático con la crÃtica al sistema democrático como tal. En este sentido, apunta el autor, habrá que moderar las apelaciones a lo que puede ser la “verdadera democracia” oponiéndola a la democracia que tenemos, pues de esa manera se mina el funcionamiento y las posibilidades de consolidación democrática, pavimentando la ruta hacia regresiones autoritarias. Sartori nos exige, por tanto, un balance en las crÃticas contra las democracias existentes y una distinción entre la crÃtica a su funcionamiento y la crÃtica de su fundamento y de su valor. Tiene razón, si bien es cierto que alcanzar ese equilibrio en escenarios de democracias tan mediocres como algunas de América Latina no parece una tarea fácil.
Sartori emprende en su libro una consistente defensa de la idea del pluralismo. Las dictaduras y los sistemas autoritarios, indica, son monocolores. Las democracias son plurales, multicolores. El pluralismo como valor nos exige poner en el centro del debate democrático la noción de tolerancia y nos obliga a mantener separados a la iglesia y el Estado. No puede haber pluralismo ni tolerancia cuando se acepta que la cosa pública esté gobernada por verdades reveladas, cuya interpretación corre a cargo de las cúpulas religiosas. La religión debe tener su lugar y su respeto en toda democracia, pero no puede ser un instrumento para gobernar
.
Sartori critica en su libro las posturas irreductiblemente ideológicas, desacreditando a quien se esconde tras una ideologÃa para evitar pensar, confrontar ideas, formarse opiniones propias de manera libre. Y critica también al pensamiento polÃticamente correcto, que empobrece y reduce el debate democrático. Lamentablemente, parece que lo polÃticamente correcto se ha convertido en la lÃnea de acción y de pensamiento de la polÃtica de nuestros dÃas, y también de la teorÃa democrática que se hace en muchos paÃses.
Sartori se refiere también a los conceptos de izquierda y derecha y vuelve a una tesis que habÃa anunciado luego de la caÃda del Muro de BerlÃn, cuando le preguntaron ¿qué es la izquierda? La izquierda, dice Sartori, es la ética y el rechazo de la injusticia
. La izquierda son los valores de todos, frente al egoÃsmo que caracteriza a la derecha. Tiene razón Sartori, aunque en el mundo contemporáneo habrá que preguntarse qué es lo justo
. Si observamos muchos debates en nuestros dÃas veremos que hay profundos desacuerdos en temas básicos: los alcances de la libertad de expresión, los derechos de las personas homosexuales, las polÃticas de acción afirmativa, el ejercicio de la libertad de la mujer sobre su propio cuerpo y el tema del aborto, la disposición de la propia vida a través de la eutanasia, los alcances de la clonación, la forma de combatir el cambio climático y de relacionarnos con la naturaleza, etcétera
. Lo que parece justo a unos es calificado como el peor de los mundos por otros. Hay quien señala que la definición de justicia no puede hacerse de forma teórica, ofreciendo un concepto o una construcción en forma de máximas o principios, sino que se debe atender a la “experiencia de la injusticia” para darnos cuesta de lo que debemos evitar y de lo que debemos promover
. Al respecto Gustavo Zagrebelsky advierte que “toda la historia de la humanidad es la de la lucha por afirmar concepciones diferentes e, incluso, antitéticas de la justicia; ‘verdaderasÂ’ sólo para aquellos que las profesanÂ…. Detrás de la apelación a los valores más elevados y universales es fácil que se oculte la más despiadada lucha polÃtica, el más material de los interesesÂ… La historia enseña que, precisamente, los grandes proyectos de justicia son los que han dado lugar a las mayores discriminaciones, persecuciones, masacres y mistificaciones, haciendo aparecer a los oprimidos como opresores y viceversa”
.
Hay algunas afirmaciones en el libro que Sartori que resultan desconcertantes y que, al menos en el caso de una de ellas, probablemente sean falsas. Me refiero a la idea que sostiene, cuando estudia la relación entre democracia y crecimiento económico, al afirmar que la democracia puede generar un empobrecimiento económico de los paÃses y pone como ejemplo a América Latina. Dicha afirmación, como digo, no tiene base empÃrica. Por el contrario, América Latina nunca habÃa visto tanta riqueza como la que se ha generado a partir de las transiciones democráticas de los años 80 del siglo pasado. Otra cosa es que esa riqueza esté mal distribuida (que lo está, sin duda), pero afirmar que la región es más pobre desde entonces no es verdad. Las libertades democráticas han traÃdo a América Latina mayor prosperidad y mayor crecimiento económico, sin que esto signifique que las crisis económicas recurrentes no hayan afectado el poder adquisitivo de millones de personas. Esa afectación desde luego existe, pero el conjunto de las economÃas de América Latina nunca habÃa tenido desempeños tan buenos como los que se observan en los últimos 30 años
. Simplemente en México, el PIB per capita llegó a situarse en el 2007 levemente por debajo de los 10,000 dólares, algo impensable unos cuantos años antes.
También resultan polémicas las afirmaciones de Sartori sobre el multiculturalismo y sobre la senda suicida del crecimiento demográfico. El multiculturalismo es pintado por Sartori como incompatible con la democracia, por oponerse al pluralismo. El exceso de población nos conduce hacia el agotamiento de los recursos naturales y hacia una crisis ecológica de enormes dimensiones, nos dice
. Ambas afirmaciones son, cuando menos, discutibles. Para empezar, habrÃa que pedirle a Sartori que sea más claro al explicar lo que entiende por multiculturalismo. Esa explicación no aparece ni en el libro que estamos comentando ni en el que el propio autor le dedicó al tema hace unos años
. Respecto del potencial de daño ecológico que comporta el crecimiento demográfico, desde luego que es imposible negarlo, pero algunos cientÃficos han señalado que la tierra pueden perfectamente acomodar una población de más de 12 mil millones de personas (poco menos que el doble de la población actual) sin caer en un cataclisma que ponga en riesgo la supervivencia de la especie humana. Es decir, hay que escuchar la advertencia de Sartori, pero dejando a un lado su tono apocalÃptico.
Como quiera que sea, siempre resulta interesante, útil y formativo recorrer los libros de Sartori, que es un autor con el que se puede o no estar de acuerdo, pero al que no se puede dejar de lado. Tanto sus iniciales obras de mayor calado teórico como sus recientes “panfletos” (la denominación es utilizada por el propio autor), en los que se interna en temas candentes de las sociedades del siglo XXI, son referentes obligatorios para el debate democrático y para comprender las posibilidades que tenemos frente a un futuro inevitablemente incierto y plagado de peligros.