Artículo de Miguel Carbonell publicado el día de hoy en la página web ADN político.
¿Cómo ser una oposición que proponga?
Miguel Carbonell
IIJUNAM
Uno de los mayores problemas en el funcionamiento práctico del sistema político mexicano tiene que ver con el papel de los partidos de oposición.
La
naturaleza excluyente del sistema político que adoptamos en México
desde el siglo XIX supone que los perdedores en una contienda
presidencial se queden sin nada, ya que el ganador se lleva todo. Eso
significa que liderazgos políticos muy fuertes quedan en una posición
indefinida, que no tiene expresión institucional de ningún tipo.
Pensemos
en el caso de Andrés Manuel López Obrador y de Josefina Vázquez Mota.
Juntos sumaron en la pasada elección presidencial 27 millones de votos,
pero ninguno tendrá un cargo público al menos durante los próximos tres
años. A lo sumo podrán intentar hacer algo al interior de su partido
(caso de Josefina) o aventurarse en la creación de una nueva opción
partidista (como se lo ha propuesto AMLO).
De ahí surge el dilema
de cómo pueden o deben hacer oposición quienes no lograron el objetivo
de alcanzar la presidencia de la República. Es un dilema que tuvo que
enfrentar por décadas el PAN, hasta el año 2000. Que tuvo que enfrentar
el PRI entre el 2000 y el 2012. Y que ha tenido que enfrentar el PRD
desde su nacimiento como partido, en 1988.
El gran premio que
supone ganar la Presidencia (con todo lo que implica para la colocación
de cuadros del partido ganador y el acceso a la administración de
cantidades ingentes de recursos públicos) y la naturaleza excluyente del
sistema que ya apuntábamos hace que la tentación opositora sea para
poner las mayores trabas posibles al gobierno.
La oposición no gana nada apoyando al partido ganador en las elecciones, sino que intenta que fracase como gobierno con la esperanza de derrotarlo en la siguiente convocatoria electoral.
Este
es el contexto real en el que la oposición debe ser ejercida en México.
El único incentivo de colaboración que pueden tener los partidos
opositores consiste en la defensa de causas y temas que pueden ser
buenos para el país, de modo que la ciudadanía pueda reconocer esa
contribución y recompensarla con votos más adelante.
Para ello es
indispensable, sin embargo, que los partidos opositores tengan
liderazgos con visión de Estado, que les permitan tener claridad sobre
las tareas de mediano y largo plazo para la construcción de la
democracia.
Por su parte, los ciudadanos y los medios de
comunicación deben estar atentos para denunciar cuando un partido exceda
su papel opositor y se alienten posturas que suponen un sabotaje del
debate nacional que el país requiere con urgencia, por ejemplo a través
de la toma de la tribuna o del ejercicio de la violencia en alguna
sesión parlamentaria, o mediante el insulto y la falta de respeto a los
funcionarios durante alguna comparecencia: todo eso lo hemos visto en
los años recientes, por desgracia.
En cualquier caso, lo deseable
es tener una oposición que sepa hacer su trabajo (que no es otro más que
el de oponerse), pero que también sepa negociar, llegar a acuerdos,
hacer avanzar aunque sea en parte su propia agenda, y sobre todo que
sepa proponer alternativas de cambio y que no solamente diga que no a
todo lo que se plantee. Es decir, lo que se requiere es una oposición
que sea democrática y no otra cosa.
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