Artículo publicado el día de hoy en la página web ADN político
Fuero militar, ¿quién gana y quién pierde?
Miguel Carbonell
IIJUNAM
Cuando los historiadores en el futuro analicen el sexenio de Felipe Calderón, verán que su principal apuesta fue la lucha contra la delincuencia organizada.
El presidente aprovechó cuanta ocasión tuvo para repetir sus objetivos
de derrotar a los delincuentes y de restaurar la paz en todo el
territorio nacional. Habrá tiempo de sobra para discutir si logró su
objetivo o si fracasó en su tarea.
Para su lucha contra la criminalidad,
Calderón se basó en el apoyo de las fuerzas armadas y de la Policía
Federal. Con lo que no contaba el presidente era con el aumento
absolutamente abrumador de las violaciones de derechos humanos,
cometidas por el Ejército y la Marina.
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos
(CNDH) ha documentado puntualmente dichas violaciones y le ha dirigido a
los militares un número altísimo de recomendaciones, llegando incluso a
presentar denuncias penales por hechos que además de violar derechos
humanos eran constitutivos de delitos.
Cuando las denuncias contra
los militares comenzaron a aumentar (de forma señalada a partir de
principios de 2007), el gobierno no estuvo a la altura del reto y dejó
en manos de las propias fuerzas armadas la oportuna corrección de los
soldados que se habían excedido. Lo malo es que dichos procesos de
“auto-sanción” funcionaron de forma muy limitada. Mejor dicho: no
funcionaron en casi ningún caso o en muy pocos.
Por eso es que
cabe celebrar las recientes resoluciones de la Suprema Corte que ponen
límites al uso del fuero militar y que derivan hacia la justicia civil
todos los casos en los que una persona no perteneciente a las fuerzas
armadas esté involucrado en un delito cometido por militares.
En buena medida, el nuevo criterio de la SCJN proviene de lo ordenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos
en el caso “Rosendo Radilla Pacheco contra México” y los que le
siguieron (“Valentina Rosendo”, “Inés Fernández”), todos ellos relativos
a abusos militares en contra de civiles.
Sin embargo, ahora viene
lo más difícil: las autoridades civiles competentes deben mostrar que
tienen la fortaleza, la capacidad y la decisión de seguir las
investigaciones y los juicios contra los militares que hayan cometido
atropellos.
Desde el lado de los jueces no se advierte tanto
problema, ya que están acostumbrados a conocer de casos muy complicados,
como los que tienen que ver con el crimen organizado, y cuentan con una
formación que podemos calificar como aceptable en términos generales.
Más escarpado parece el escenario para la PGR, a cuyo cargo quedarán en
adelante las investigaciones y la formulación de las acusaciones que
correspondan.
La PGR
ha sido la gran abandonada de la Presidencia de Calderón. Pese a los
esfuerzos de depuración hacia su interior y de la apuesta por la
profesionalización de sus miembros, lo cierto es que su actuación
todavía deja mucho que desear. Sus números serán los peores del sexenio,
en el ámbito del combate a la delincuencia.
Por eso es que, si no
mejora sustantivamente el trabajo ministerial que le corresponde a la
PGR, lo más probable es que se prolongue la impunidad de los abusos, sin
que ni siquiera se cuente con los elementos disuasivos que las
autoridades militares pueden imponer por medio de la disciplina
castrense hacia el interior de sus unidades.
Eso sería el peor
escenario: un poder militar sin capacidad de sancionar a sus elementos
por carecer de competencia para hacerlo y unas autoridades civiles
negligentes, carentes de preparación o susceptibles de ser corrompidas
para que no puedan realizar su tarea. Bajo ese escenario perdemos todos,
de modo que habrá que hacer todo lo posible para que no se realice.
Por
lo pronto, cabe aplaudir la decisión de los ministros de devolver a la
justicia civil lo que le corresponde, deseando que ahora sus fiscales y
jueces hagan lo que deben hacer.
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