No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de la profunda crisis por la que está pasando el Estado mexicano. Miles de muertos caen cada año sobre nuestras calles, como resultado de enfrentamientos entre bandas que el Estado no puede controlar, o como resultado de una “limpieza selectiva†que pudieran estar realizando algunas corporaciones policiacas. Muchas de esas muertes casi nunca son investigadas. Las averiguaciones previas correspondientes simplemente son archivadas. Nada pasa. Los familiares de los muertos con frecuencia ni siquiera reclaman los cadáveres, que se terminan apilando en fosas comunes.
En ese contexto, los ciudadanos prácticamente ya no tienen la más mÃnima esperanza en que alguna autoridad pueda aplicar algo parecido a la justicia. La impunidad se termina imponiendo siempre y la credibilidad ciudadana en el aparato estatal es nula.
Pues bien, la Suprema Corte tuvo en sus manos una oportunidad de oro para restaurar mÃnimamente la confianza en la justicia y en el Estado mexicano por completo, al ejercer la facultad de investigación del artÃculo 97 constitucional en el caso de la guarderÃa ABC.
La Corte habÃa aceptado intervenir en el caso. HabÃa nombrado una comisión de dos magistrados para integrar el expediente de investigación. Le habÃa asignado la confección de un proyecto de dictamen el ministro Arturo ZaldÃvar. Las tareas correspondientes costaron al erario varios millones de pesos (alrededor de siete). Esta semana pudimos presenciar el lamentable desenlace.
ZaldÃvar decidió presentar un proyecto que apelaba a la mejor tradición del Estado constitucional y decÃa algo que, por ser tan obvio, casi ninguno de sus colegas pudo entenderlo: donde hay facultades para un funcionario público, debe haber responsabilidades. Tan fácil y tan lejos de la comprensión de ocho ministros de la Suprema Corte que votaron en contra de la idea de señalar responsables por la muerte de 49 infantes y las lesiones de otros 100. Solamente hay funcionarios “involucradosâ€, dijeron esos ocho ministros. No se atrevieron a pronunciar una palabra que les debe parecer insólita: “responsablesâ€.
La discusión que muchos mexicanos siguieron con gran atención durante esta semana nos indica que la Corte es buena para perderse en formalismos y para evadir el ejercicio de su tarea como órgano controlador del poder, pero menos buena a la hora de construir un discurso jurÃdico que la convierta en la garantÃa efectiva de nuestros derechos fundamentales.
Quizá habrÃa que matizar lo anterior, ya que no todos los integrantes de la Suprema Corte decidieron entretenerse en citar a Cicerón y hablar de la diferencia entre la ética y la moral (curioso divertimento, cuando a pocos metros estaban los padres de los niños muertos, que habÃan recorrido miles de kilómetros desde Hermosillo para estar en la sesión). ZaldÃvar, Sánchez Cordero y Silva Meza mantuvieron una lÃnea de gran congruencia.
No cabe duda que la facultad de “investigación†de la Suprema Corte es ciertamente extraña. No hay ningún otro tribunal constitucional del mundo que la tenga, hasta donde mi información alcanza. Tan es asà que ya el Senado ha aprobado una reforma constitucional para trasladar dicha facultad a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Pero mientras esté vigente la Corte debe ejercerla de forma tal que tenga sentido y pueda dar lugar a una determinación efectiva de responsabilidades. No responsabilidades penales o administrativas, desde luego; pero sà por “violaciones graves de garantÃas individualesâ€, tal como lo prevé expresamente la Constitución. ZaldÃvar identificaba con propiedad a 14 funcionarios o ex funcionarios. No todos tenÃan el mismo grado de responsabilidad, pero el ministro ponente precisó en cada caso los deberes legales que habÃan violado, por acción o por omisión.
Hoy sabemos que la mayorÃa de los ministros decidió no seguir la novedosa y bien construida ruta que les propuso ZaldÃvar. Lo más seguro es que el caso termine como termina casi todo en México: en el olvido y en la más absoluta impunidad. Los responsables se habrán salvado de la Suprema Corte. Pero de lo que nunca se podrán salvar es de la vergüenza de sus ilegalidades. Esa los perseguirá siempre y, tal vez, será su peor castigo.
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Investigador del IIJ-UNAM