El INEGI acaba de dar a conocer los datos sobre la inseguridad y la incidencia delictiva, correspondientes al año 2011.
Se
trata de los resultados de la Encuesta Nacional realizada a víctimas
del delito (ENVIPE), cuyo levantamiento no se basa en los datos
recabados por la autoridad, sino en los testimonios directos de quienes
han sido víctimas de la delincuencia. Valga la aclaración, ya que
precisamente uno de los problemas mayores del tema tiene que ver con la
llamada "cifra oculta" de delitos, la cual se integra por todos los
actos delictivos que no son denunciados y que por tanto no forman parte
de la estadística oficial.
Los datos correspondientes al año 2011 son aterradores, como lo han sido también los correspondientes a los años anteriores.
El
INEGI nos dice que durante 2011 fueron cometidos en la República
Mexicana 22.3 millones de delitos, los cuales generaron una cifra de
18.6 millones de víctimas. Esto significa que uno de cada cuatro
mexicanos mayores de edad fueron víctimas de la delincuencia durante el
año pasado.
Los delitos que mayor incidencia tuvieron (por el
número de veces que se cometieron) fueron el robo en la calle o en el
transporte público, la extorsión, el robo total o parcial de vehículo,
el fraude y las amenazas verbales.
Según el cálculo derivado
precisamente de la ENVIPE 2011, la inseguridad en México nos cuesta
anualmente al menos 211 mil millones de pesos a los contribuyentes.
Las
principales dependencias federales encargadas de combatir a la
delincuencia han tenido en estos últimos años han recibido más recursos
que nunca en su vida. Entre Sedena, Marina, Secretaría de Seguridad
Pública Federal y PGR gastamos en el 2011, 119 mil millones de pesos.
Quizá
la cifra más dramática de la encuesta es la que nos indica que el 91.6%
de los delitos no fueron denunciados a lo largo de 2011. Ahí empieza la
rueda imparable de la impunidad: un delito no denunciado nunca se
investigará, sus responsables nunca serán acusados ante un juez y
tampoco recibirán castigo alguno.
Las personas encuestadas que no
denunciaron los delitos de los que fueron víctimas afirmaron que no lo
hicieron por desconfianza en la autoridad o porque era una pérdida de
tiempo. Ambas respuestas demuestran el drama humano e institucional que
se esconde detrás de las cifras delincuenciales.
Es importante
tener en cuenta, para comprender adecuadamente el desafío al que nos
estamos enfrentando, que el 90% de los delitos que se cometen en México
son competencia de las autoridades locales.
Esto significa que
deben ser los municipios y los estados los que se pongan a trabajar para
combatir con mayor eficacia a la enorme delincuencia que sufrimos los
mexicanos.
Lamentablemente, se trata también de los eslabones más
débiles: muchas corporaciones policiacas locales carecen de las mínimas
condiciones indispensables para hacer bien su trabajo. Otro tanto cabe
decir de las procuradurías de justicia, cuyos resultados son en general
desastrosos.
Como quiera que sea, lo interesante es que los datos
del INEGI nos permiten al menos saber de qué tamaño es el reto al que
nos enfrentamos y lo mucho que debemos hacer para mejorar. Solamente así
podremos dar los pasos necesarios para revertir una situación de
deterioro tan profundo y extendido que debería ser la prioridad número
uno de todos los niveles de gobierno y de todas las autoridades.
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Miguel Carbonell es investigador de tiempo completo en el Instituto
de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de la Facultad
de Derecho de la misma Universidad. Es especialista en derecho
constitucional y derechos fundamentales.
Ha enfocado su trabajo en temas como derecho a la información,
transparencia gubernamental, reforma del Estado, juicios orales,
derecho a la no discriminación y políticas públicas sobre los
derechos sociales