Artículo de Miguel Carbonell publicado el día 4 de Octubre de 2012 por el periódico El Universal.
¿Se justifica tomar la tribuna?
Miguel
Carbonell
IIJ-UNAM.
Desde
hace un tiempo parece haber tomado carta de naturaleza en el quehacer
parlamentario de México la práctica de “tomar la tribuna”. Esto significa que
un grupo de legisladores sube por la fuerza hasta donde se ubica el sitio de
oradores e impide que se desarrolle con normalidad
la correspondiente sesión, obstaculizando por completo
que alguien haga uso
del micrófono, que se abra ningún tipo de debate, que se voten los puntos del
orden del día y, en suma, que se lleve a cabo la deliberación política que es
una característica indispensable de todo régimen democrático.
Quienes
han acudido a ese intempestivo método de imposición del silencio legislativo
(porque lo único que genera es silencio por parte de los legisladores, pese a
los gritos que suelen acompañar la trifulca de los tomadores de la tribuna),
dicen que lo hacen para defender principios democráticos irrenunciables.
¿Pero qué entienden por democracia? ¿acaso
una democracia no consiste precisamente en hablar, discutir, analizar,
argumentar y luego votar para que quienes cuentan
con el mayor número de escaños tomen las decisiones
que entienden que son mejores para el país? ¿no los elegimos para eso, dándole
a uno o más partidos la
mayoría y al resto la representación de las minorías? ¿no tienen acaso los grupos minoritarios garantizado
el derecho a exponer su punto de vista, alertar a la opinión pública de lo
improcedente de cierta reforma, ofrecer en público
sus argumentos, proponer adiciones a las iniciativas,
etcétera?
En un
régimen democrático la oposición política puede discrepar de una decisión
tomada por la mayoría de muchas maneras. Lo puede hacer hablando desde la
tribuna y apelando a la ciudadanía para que, en las próximas elecciones,
cambien el sentido de su voto. Lo puede hacer
también llevando cierta iniciativa ya aprobada y publicada ante los
jueces, para que resuelvan si viola o no determinados preceptos constitucionales o algún tratado internacional.
Todo eso
está previsto desde hace años en nuestro sistema jurídico mexicano. Basta con que se reúna la firma del 33% de
los integrantes de cualquiera de las dos Cámaras del Congreso de la Unión para
que cualquier ley recién aprobada vaya directo hasta la Suprema Corte y se
examine su constitucionalidad.
Si
existen todas esas posibilidades, ¿cómo es que se sigue tomando la tribuna con
el afán no de debatir, sino de acallar a quienes piensan diferente? ¿cómo es
que se puede creer que el debate parlamentario puede florecer mediante actos de
imposición violenta? ¿cómo es que uno se presenta como demócrata sin respetar a
quienes obtuvieron mayor número de votos y piensan
de modo diferente?
El debate
alrededor de la reforma laboral ha sido muy intenso
en las semanas recientes, como es natural en toda
democracia. Se han expuesto visiones contrapuestas, se han ofrecido argumentos
para todos los gustos (incluyendo algunos profundamente mentirosos y
tergiversados), se han hecho ajustes a la iniciativa presentada por el
Presidente Calderón cuando se ha estimado necesario, etcétera. Gracias a todo eso los mexicanos hemos estado
permanentemente informados de las decisiones que se han ido tomando sobre lo
que deberá concretarse en el Senado de la República en los próximos días. Hemos
aprendido sobre las ventajas y las desventajas de la democracia sindical, sobre
los contratos por unidad de tiempo o por obra determinada, sobre las
indemnizaciones por despido, sobre el pago de salarios caídos, sobre las formas
de solucionar controversias entre trabajadores y patrones y muchas cosas más.
A estas
alturas, cualquier persona que haya querido seguir el debate puede tener una
opinión propia sobre el contenido de la reforma laboral. Dicha opinión seguramente
le permitirá votar en el 2015 y en el 2018 con conocimiento de causa y de manera informada. Quizá en ese
momento los opositores a la reforma laboral reciban el respaldo mayoritario de
la ciudadanía y puedan revertirla; o quizá los votos se inclinen del lado de quienes piensan que se
trata de una reforma que va a crear mucho empleo, sobre todo entre los jóvenes
que año tras año se incorporan al mercado laboral.
Es esa
incertidumbre en los resultados, esa perspectiva
abierta hacia el futuro lo que a fin de cuentas
hace que una democracia sea eso y no una farsa. Por
eso es que la democracia requiere de un debate público abierto, intenso y
enjundioso, en el que se puedan ventilar todos los puntos de vista ¿Es tan difícil de entender?
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