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La encrucijada de México

Miguel Carbonell
May 5, 2016 - 1:21:00 PM

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La encrucijada de México.

Miguel Carbonell.

Director del Centro de Estudios Jurídicos Carbonell AC.



 

Nada en la historia está escrito para siempre. Lo que vaya a ser el destino de un país o el destino de cada una de nuestras vidas en lo individual depende en buena medida de las decisiones que tomemos en cada momento. Hay un ámbito de decisión que supone hacer uso de nuestra irrenunciable libertad: colectiva, cuando se trata del destino de una comunidad política, o personal cuando tiene que ver con el rumbo de la existencia de cada individuo.

Por eso es que no hay que dejar de repetir que México está en un momento clave de su historia. Lo ha estado con anterioridad, sin duda alguna; lo volverá a estar en el futuro, desde luego. Pero hoy nos toca a nosotros, los mexicanos del siglo XXI, aportar rumbo y decisión a la peripecia histórica del país.

Las circunstancias actuales, vistas a través de un lente de aumento, permiten avizorar dos rutas posibles para el país: la ruta de la modernización, el crecimiento económico y el desarrollo de la calidad de vida de sus habitantes: o bien la ruta de la barbarie, del incremento de la inseguridad y del desastre económico. Hay signos que hacen posibles las dos hipótesis.

No faltará el que diga que la situación de barbarie es en exceso catastrofista y que México no incurrirá en ese escenario en los siguientes años. Lo cierto es que ya hemos pasado unos años muy difíciles, a los que faltan todavía adjetivos para poder calificarlos. Nadie niega que durante el sexenio pasado hubo más de 100 mil homicidios dolosos; medios tan relevantes como el Washington Post e informes de organizaciones internacionales hablan de más de 25 mil personas desaparecidas. Se trata, como dijo el periódico francés Le Monde, de una verdadera hecatombe: el conflicto con más muertos en todo el planeta. Es posible que el gobierno de la República está luchando con firmeza contra esos niveles de violencia, pero no es seguro que logre sus objetivos. Está por verse si las cifras de homicidio, secuestro, extorsión y robo pueden bajar hasta niveles aceptables, que hoy por hoy estamos lejos de alcanzar.

Todos los indicadores económicos disponibles sugieren que nos falta mucho por avanzar y por crecer y que si queremos alcanzar o rebasar a los países con un desarrollo parecido o levemente superior al nuestro tenemos que esforzarnos más y pisar a fondo el acelerador. Para ello es indispensable tener un país mucho más moderno: con mejores oportunidades educativas, con mayor seguridad en el empleo y mejores salarios, con más infraestructura y con una creciente competencia económica. Hoy carecemos de muchas de esas cosas y por eso es que permanecemos asomados al abismo de la barbarie.

Quizá haya una tercera opción para el país, en el mediano plazo: la irrelevancia. Si no logramos más que contener la violencia, pero sin generar crecimiento económico y calidad de vida, podemos terminar siendo un país del que no se escuche nada. Un país congelado en el tiempo, con un pasado interesante para ser recordado pero sin un porvenir atractivo.

Las rutas posibles parecen claras: lo que hay que decidir entre todos es cuál vamos a seguir.

Los primeros años del siglo XXI no han sido fáciles para un país sumido como México en tantos problemas. Hemos pasado de una gran ilusión en la alternancia política a una masiva decepción por la falta de resultados de nuestros políticos. El proceso de democratización que hemos vivido ha traído muchos beneficios y el resultado es claramente alentador, pero también tenemos a millones de mexicanos que siguen viviendo rodeados de una enorme precariedad, la cual se ha visto agravada por la enorme crisis de seguridad pública que arranca en el 2007 en distintas partes del territorio nacional (no en todas, por fortuna) y que ha afectado con mayor contundencia a quienes menos medios de defensa tienen.

Como quiera que sea, lo cierto es que no podemos resignarnos al infortunio ni podemos dejar de luchar para construir un país mejor. Ninguno de los problemas que tenemos se va a resolver no haciendo nada. Por el contrario, muchas de las soluciones están a nuestro alcance. No será fácil (nadie ha dicho que lo sea), pero si queremos y trabajamos duro, podremos salir adelante. Hay países parecidos al nuestro que lo han logrado en el curso de una o dos generaciones. Lo importante es empezar ya; debemos tener un sentido de urgencia compartido, que nos haga apretar el acelerador e imprimirle velocidad a las reforma que necesitamos con urgencia.

No depende de nadie más que de nosotros. Esa es la buena noticia, aunque también puede ser la más trágica. Solamente el tiempo lo dirá.





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Miguel Carbonell es investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de la Facultad de Derecho de la misma Universidad. Es especialista en derecho constitucional y derechos fundamentales.

Ha enfocado su trabajo en temas como derecho a la información, transparencia gubernamental, reforma del Estado, juicios orales, derecho a la no discriminación y políticas públicas sobre los derechos sociales

 

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