Nuestra
(in)civilidad política.
Miguel
Carbonell.
IIJ-UNAM.
El martes pasado el
Presidente Barack Obama pronunció su discurso sobre el estado de la nación. Al
llegar a la sede del poder legislativo de los Estados Unidos fue recibido por
todos los congresistas puestos de pie, los cuales le aplaudieron durante ocho
largos minutos, mientras llegaba hasta el estrado principal y comenzaba con su
alocución. A lo largo de la siguiente hora fue interrumpido una y otra vez con
más aplausos, con todo el Capitolio puesto de pie en repetidas ocasiones frente
a su Presidente.
Ante esas escenas fue
inevitable pensar en el Congreso mexicano y en el hecho de que el Presidente
Calderón no ha vuelto a poner un pie en San Lázaro desde su toma de posesión,
durante la cual vimos escenas dantescas que incluyeron asaltos a la tribuna,
golpes entre legisladores, empujones, rechiflas y un comportamiento que pudiera
ser común en una cantina, pero que no parece muy constructivo cuando se
desarrolla en la sede de la representación nacional.
Seguramente habrá quien
piense que el desencuentro entre Calderón y el Congreso proviene de lo ajustado
del resultado electoral y de la sombra de fraude que sobrevuela el imaginario
nacional desde 2006. Puede ser, pero creo que eso no es excusa. George W. Bush
también ganó su primera elección (contra Al Gore) por un margen muy estrecho y
de forma más que cuestionable (la Suprema Corte detuvo el recuento de votos en
Florida, que fue el estado determinante para la victoria de Bush) y sin embargo
fue recibido con todos los honores cada vez que acudió a rendir su informe
anual al Congreso.
Lo que pasa en México
es que vivimos en un preocupante nivel de incivilidad política. Todavía no entendemos
que la sustancia del sistema democrático lo constituyen los acuerdos entre
actores políticos y que para que eso suceda se necesitan escenarios de diálogo
y debate, de preferencia que sean de cara a la sociedad y no en lo oscurito.
La necedad de unos y
otros (no hay partido que se libre de su cuota de responsabilidad) ha puesto al
país ante una situación muy peligrosa, ya que estamos frente a un escenario de
parálisis política que amenaza con hipotecar durante décadas el desarrollo del
país. Muchos países están avanzando a mil por hora en las reformas que deben
hacerse, mientras México sigue atorado en discutir temas que llevan sobre la
mesa décadas (como la reforma del Estado, la fiscal o la labora, por mencionar
tres ejemplos evidentes).
Nuestra falta de
civilidad política se refleja también en las dudas y limitaciones que nos hemos
puesto para la celebración de debates. Durante las campañas presidenciales
pensamos que somos muy modernos y deliberativos porque se hacen dos o tres
debates entre candidatos. En Estados Unidos los candidatos suelen debatir docenas
de veces, tanto en la elección interna de su partido como en la elección
constitucional.
El formato para debatir
en México es mecánico y rígido, lo que convierte a esos ejercicios en una cosa
sumamente aburrida, durante la que se van sumando monólogos de los
participantes. Los ciudadanos rara vez aprenden algo nuevo en un debate, aunque
a veces sirven para exhibir con posterioridad a candidatos que hicieron muchas
promesas y luego no cumplieron ninguna de ellas ya siendo Presidentes, por
ejemplo.
Los problemas de
nuestra democracia no se arreglarán con más encono y con menos debate. Al
contrario. Necesitamos ponernos de acuerdo entre todos para sacar adelante al
país. No importa quién sea el próximo Presidente, si no es capaz de convocar al
resto de partidos y a los grupos sociales relevantes a un amplio diálogo
nacional estaremos condenados a seis años más de parálisis.
Solamente a través de una visión común en temas
como la educación, la salud, la seguridad pública, los impuestos y la
generación de empleo, podremos remontar el enorme rezago que tenemos frente a
otros países. Pero para lograrlo hace falta una cosa que hoy no tenemos:
civilidad política y ganas de hablar hasta llegar a acuerdos. O sea, nos hace
falta ser demócratas de verdad y no simplemente en los discursos.