La justicia entendida como experiencia
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Miguel Carbonell.
Instituto de Investigaciones Jurídicas-UNAM.
Desde hace siglos la reflexión sobre la justicia, sobre su significado e implicaciones, ha sido incesante. Desde el ámbito de la filosofía antigua y moderna, pasando por el derecho y llegando hasta la religión, la justicia ha sido objeto de todo tipo de discusiones académicas y políticas. La perspectiva que ofrecen en una reciente obra Gustavo Zagrebelsky y Carlo Maria Martini, sin embargo, creo que tiene un grado de originalidad bastante meritorio y que, en esa medida, debería ser atendida por quienes estudian temas de derecho, filosofía política y teoría social en general.
Lejos de las pretensiones sostenidas por los más conocidos teóricos de la justicia, Zagrebelsky nos propone reconocerla no como una construcción conceptual, sino como una experiencia vital. Esta aproximación toma distancia explícitamente de la más conocida teoría de la justicia, la construida por John Rawls a partir de finales de los años 50 del siglo XX (primero en forma de artículos y luego con la aparición de Teoría de la justicia en 1971, hasta llegar a sus últimos libros en la década de los 90
). Rawls articulaba su discurso sobre la justicia en torno a dos grandes principios, que sufrieron algunas modificaciones conforme iba desarrollando y puliendo su pensamiento.
Para Rawls los dos principios a partir de los cuales habría que comenzar a edificar una sociedad justa (partiendo de lo que el propio Rawls llama la posición originaria) son los siguientes
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Primer principio: Cada persona ha de tener un derecho igual al esquema más extenso de libertades básicas que sea compatible con un esquema semejante de libertades para los demás.
Segundo principio: Las desigualdades sociales y económicas habrán de ser conformadas de modo tal que a la vez que: a) se espere razonablemente que sean ventajosas para todos, b) se vinculen con empleos y cargos asequibles para todos
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A partir de estos dos principios Rawls construye un cuidado aparato conceptual y lo intenta aplicar a las instituciones políticas que tienen los Estados democráticos. Desde su publicación las ideas sobre la justicia de Rawls comenzaron a ser debatidas, extendidas por sus defensores y refutadas por sus detractores. El propio autor se encargó de afinarlas en sus obras posteriores y lo mismo hicieron otros autores, ya sea para secundar sus puntos de vista o para negar su utilidad e interés
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Siendo sin duda interesantes, las ideas de Rawls quizá no sean del todo atractivas para el ciudadano promedio de nuestras democracias occidentales, en virtud sobre todo de que vagamente le pueden dar claves aplicables a su propia existencia. En este sentido quizá se revela como más cercana y plausible la propuesta de Zagrebelsky, ya que por un lado permite prescindir del enorme aparato conceptual que acompaña al edificio teórico rawlsiano, y por otra parte le dice cosas concretas a cualquier lector, cosas que puede aplicar en su vida cotidiana.
Y aún más: Zagrebelsky entra a debatir en un terreno que los teóricos de las ciencias sociales suelen evadir (quizá con buenas razones): el del modo de representación de la justicia según la visión de los creyentes. Puesto que la religión es un fenómeno todavía muy relevante para una parte importante de la población del mundo, es importante construir una plataforma común de entendimiento entre creyentes y laicos, que les permita dialogar de verdad, apartándose del diálogo de sordos que parece haberse construido en las últimas décadas (o quizá incluso antes).
Claro que en este punto Zagrebelsky cuenta con una ventaja no menor, pues tiene el privilegio de compartir sus reflexiones con Carlo Maria Martini, quien desde hace tiempo se ha mostrado como uno de los miembros más serenos, abiertos y modernos (si se me permite el término) de
la Iglesia Católica. Por desgracia no se trata de una visión mayoritaria al interior de su religión. Más bien al contrario, pues tanto el papado de Karol Woytijla como el de Joseph Ratzinger en lo que ha demostrado hasta el momento-, parecen anclados al pasado, aferrados a interpretaciones arcaicas de las sagradas escrituras, como lo ha demostrado en muchos de sus trabajos Hans Küng.
La inteligencia del propio Martini y sus posiciones de avanzada le permiten dialogar con Zagrebelsky sin necesidad de acudir al dogma, sino reconociendo el terreno común de la experiencia vital. En concreto, Martini discute las enormes injusticias que se despliegan en la experiencia de la justicia social (distribución de recursos, desempleo), en el de la justicia penal (la inhumanidad de las cárceles, el desdén hacia los presos) y en el de la violencia ejercida en la esfera internacional (los conflictos internacionales, las invasiones, las violaciones del derecho internacional, los genocidios).
Por su parte, Zagrebelsky huye de la postura tradicional que exige a los creyentes que adopten la postura del como si, cuando se refieren a la justicia. Como si Dios no existiera, se les pide. Para Zagrebelsky esa es una exigencia imposible de atender ya que no existe para un creyente algo más poderoso que su fe y por tanto no puede renunciar a su visión de la misma ni siquiera como un ejercicio teórico. Si queremos diálogo tenemos que reconocer las condiciones no negociables de cada una de las partes.
Ahora bien, los creyentes pueden tener una comprensión de la justicia como experiencia sin necesidad de acudir al como si en sentido negativo, si se alejan de la lectura que les propone la jerarquía eclesiástica. Zagrebelsky acude a las ideas de Dietrich Bonhoeffer y les dice a los creyentes que atiendan al doble susurro de la voz de Dios y que lo hagan humildemente, reconociendo que pueden equivocarse en su audición pero que eso será mejor que darle un crédito moral e intelectual incondicionado a los intérpretes oficiales del mensaje divino.
Esta noción de humildad y esta actitud de reconocimiento de la imposible tarea de aprehender la justicia la aplica también Zagrebelsky a los no creyentes, cuando advierte sobre el peligro de seguir a quienes creen estar en posesión de la justicia, de la única justicia. Este tipo de actitudes nos pueden llevar con gran velocidad hacia el enmascaramiento de luchas por el poder, de ambiciones personales. La historia reciente del siglo XX y de los primeros años del siglo XXI nos lo demuestra claramente. En palabras del propio Zagrebelsky, toda la historia de la humanidad es la de la lucha por afirmar concepciones diferentes e, incluso, antitéticas de la justicia; verdaderas sólo para aquellos que las profesan
. Detrás de la apelación a los valores más elevados y universales es fácil que se oculte la más despiadada lucha política, el más material de los intereses
La historia enseña que, precisamente, los grandes proyectos de justicia son los que han dado lugar a las mayores discriminaciones, persecuciones, masacres y mistificaciones, haciendo aparecer a los oprimidos como opresores y viceversa
. ¿Cómo no pensar, leyendo estas palabras, en el enorme engaño de algunas potencias militares para defender una guerra de invasión diciendo que es la forma de liberar a un pueblo oprimido y de velar por la seguridad del planeta frente a las amenazas terroristas? ¿Cómo interpretar, a la luz de lo anterior, términos tan distantes y cínicos como los de intervención armada humanitaria o víctimas de daños colaterales?
Todas estas reflexiones de Zagrebelsky y de Martini defienden una visión humilde, cercana, personal pero a la vez común de lo que es la justicia. La justicia entendida como experiencia, como vivencia de cada día y de cada persona. No nos proponen atajos ni nos permiten ser optimistas. Pero al menos nos dan la clave para que cada uno de nosotros saque sus propias conclusiones: la posibilidad de la justicia está en todos nosotros y se demuestra en nuestros actos. No hace falta para entender la justicia (este tipo de justicia al menos), construir grandes teorías, sino ser consecuentes con esta humilde pero muy profunda propuesta.