La música de mi vida.
Miguel Carbonell.
Cuando estaba en el segundo año de la educación preparatoria, a los 16 o 17 años, descubrí gracias a mi novia de ese entonces un tipo de música que me ha acompañado a lo largo de la vida.
Me refiero a las canciones de Silvio Rodríguez y, en menor medida, de otros representantes de la llamada trova cubana.
Es un tanto extraño ya que me molesta profundamente el régimen castrista en el que esos cantantes crecieron y se hicieron famosos. Pero encuentro sus letras tan evocadoras que a pesar de haberlas escuchado durante más de 20 años, me siguen permitiendo soñar y encontrar significados románticos o idealistas que renuevan una cierta sensibilidad o una forma de comprender el mundo.
Supongo que tiene que ver con el hecho de que, de alguna manera, en la adolescencia definimos lo que vamos a ser durante el resto de nuestra existencia. No se trata, como es obvio, de negar lo mucho que cambia uno conforme avanza por el camino de la vida, pero hay ciertas premisas fundamentales que se adquieren en la adolescencia y desde entonces ya no nos abandonarán.
Fue precisamente en esa época que adquirí la férrea disciplina para estudiar y leer cada día, sin importar lo cansado que esté o lo que haya hecho durante la jornada. Sin excepción alguna, cada día estudio, leo y escribo. Hay días en que uno le puede dedicar a esas actividades muchas horas y otros en los que debe limitarse a menos tiempo, pero lo importante es no dejar pasar ningún día sin leer y escribir. Nunca me ha importado si es domingo, si estoy en vacaciones o si es el día de fin de año: siempre he buscado un rato para leer o escribir, o para las dos cosas.
Recuerdo ahora la intensidad con que he escrito algunos de mis libros. En particular, fue una época increíble la de los meses en que escribí la primera edición de "Los derechos fundamentales en México". Es un libro de mil cien páginas. La mayor parte fue escrito durante una estancia académica en la ciudad de Barcelona.
Las jornadas de escritura comenzaban temprano, tan pronto como terminaba de desayunar y de leer el periódico. Máximo a las nueve de la mañana ya estaba sentado en la mesa del comedor del departamento que alquilaba en Barcelona, que era muy pequeño y no tenía un espacio para que sirviera como estudio o biblioteca, de modo que me vi obligado a invadir toda la mesa del comedor, desplegando sobre ella la computadora portátil y los libros que iba leyendo, subrayando y utilizando como apoyo para redactar cada página.
Durante varios meses pude avanzar mucho en la confección de cada uno de los seis capítulos del libro (originalmente iban a ser varios más, pero tuve que valorar la necesidad de que el material pudiera ser publicado en un solo tomo, ya que publicarlo en dos iba a encarecer mucho la obra y eso iba en contra del propósito que me había fijado desde el principio en el sentido de que el libro pudiera servir como manual para la enseñanza universitaria, en un tema que tenía un importante rezago teórico en México).
Había días en que escribía durante jornadas de 18 horas seguidas. No interrumpía la escritura ni siquiera para comer. Los platos de la comida y de la cena me acompañaban cerca de la computadora, para no dejar de redactar mientras comía. Cada dos o tres horas procuraba levantarme y caminar un poco por la terraza del departamento, para combatir el dolor de las piernas y la espalda,
que se resentían y protestaban por el régimen tiránico que le impuse a mi cuerpo.
Creo recordar que en uno solo de esos días redacté y revisé 60 páginas completamente nuevas. 60 páginas escritas en letra Times New Roman, tamaño 12 y con interlineado de renglón y medio. Otros días la producción era de 20, 30 o incluso 40 páginas. Ha sido la temporada más productiva y quizá la más inspirada de toda mi carrera académica. Fue en el año 2003. Tenía entonces 32 años y la motivación necesaria para hacer ese esfuerzo que hoy me parece casi imposible de repetir.
Para escribir ese libro llevaba, sin saberlo, más de diez años preparándome. Durante todo ese tiempo hice las lecturas necesarias y acumule los conocimientos requeridos para poder luego dedicar menos de ocho meses en tener listas las casi mil doscientas cuartillas que entregué a la imprenta.
Durante esos días sonaba de fondo la música de Silvio Rodriguez durante buena parte del día, aunque en la noche, conforme el cansancio iba haciendo mella en mi capacidad de resistencia, cambiaba de registro musical para poner primero algo de jazz y terminar la jornada con rock o algo más energético que pusiera la atmósfera necesaria para poder seguir atado a la silla de trabajo, que más bien parecía ya a esas alturas una silla de tortura.
Con frecuencia me preguntan los alumnos cómo es que se logra escribir tanto o de qué manera hay que trabajar para poder mantener un ritmo tan alto de producción. Mi respuesta siempre ha sido que lo principal es hacerse de una disciplina a prueba de todo. No hay más secreto que el de sentarse durante horas y horas frente a la computadora para ir tejiendo poco o poco el texto que queremos construir.
Si además de la disciplina se tiene vocación y se ha hecho un trabajo duro de preparación, entonces es muy probable que el resultado sea satisfactorio.
En el fondo, supongo que la verdadera música de mi vida, la única imprescindible de verdad, ha sido trabajar cada día hasta exprimir la última gota de energía disponible, de forma que cuando me voy a dormir lo hago convencido de que he dado lo mejor de mi en la tarea que ha ocupado cada jornada. Es la ética que me enseñaron mis abuelos (campesinos catalanes que toda su vida se despertaron antes de que saliera el sol) y que he visto también en mis padres: trabajo duro, entrega absoluta, disciplina de hierro y vocación resistente a todo. Cuando se puede reunir todo eso, la satisfacción personal está casi garantizada en lo que respecta al terreno profesional. Sobre otros aspectos de la vida y sobre otro tipo de músicas hablaremos en otra ocasión.