Prólogo.
Una carta para Ana Frank.
Miguel Carbonell.
(Este texto aparece en la más reciente edición del Diario de Ana Frank, publicado por la editorial Porrúa en 2007).
Para Mercedes,
por sus felices 13 años.
Querida Ana:
Muchas gracias por habernos permitido compartir contigo esos dos años de soledad, angustia y esperanza que pasaste encerrada con tus familiares y otras personas, huyendo de la miserable persecución de las fuerzas alemanas que habían invadido Holanda.
Muchas gracias por habernos mostrado no solamente cómo transcurrían tus días y tus noches, sino por permitirnos reflexionar a partir de tu amarga experiencia- sobre nuestro propio mundo, sobre lo que la existencia y el sentido de la humanidad significan hoy en día, en los primeros años del siglo XXI.
Me gustaría mucho, Ana querida, que pudieras ver con tus propios ojos todo lo que ha pasado durante estas últimas décadas. Aunque ya no lo pudiste ver desde la tierra, la locura nazi fue derrotada, pocos meses después de tu muerte. La democracia se impuso en Europa y, poco a poco, se fue extendiendo hacia el resto de continentes. Lo que no fue derrotado, ni lo ha sido hasta hoy, es el pensamiento fascista; lo que no hemos podido vencer es el prejuicio contra las personas simplemente porque piensan de forma distinta a la mayoría de la población, porque deciden vivir su vida según patrones no aceptados por la sociedad, porque no nacieron en el país en el que quieren vivir o porque deciden compartir su existencia con personas de su mismo sexo.
En el fondo, Ana, se trata del mismo prejuicio que durante tantos siglos ha envenenado el desarrollo de la convivencia civil pacífica y que llevó, en el extremo de la locura y la perversidad, al holocausto nazi. Te podrá parecer triste que tantos años después de haber escrito tu propio testimonio del horror, sigamos manteniendo inaceptables condiciones de segregación y miseria en muchos países del planeta, incluso en los más desarrollados. Hay muchos motivos para el desencanto. Pero creo que también hay razones para la alegría.
Viviste en tiempos muy difíciles. A partir de 1930, cuando suben al poder Hitler en Alemania, Mussolini en Italia y Franco en España, comienzan los años de mayor auge del fascismo asesino. Cada uno de estos tres dictadores, siguiendo su propio estilo y sus propias limitaciones, se dedicaron a perseguir sin tregua a quienes no eran bien vistos por el régimen en turno. Hitler se ocupó de perseguir a los judíos, no solamente en Alemania, sino por todos los países de Europa que pudo invadir. Entre esos países estaba Holanda, donde tus padres habían emigrado procedentes precisamente de Alemania. Y hasta allí llegó la locura nacional-socialista, con las nefastas consecuencias que conociste bien y que tuviste que sufrir, junto con tu familia. Las persecuciones contra los judíos comenzaron en Polonia, pero siguieron en Austria, Francia, Serbia, Hungría y una parte de Rusia. Primero fueron las deportaciones masivas, pero luego Hitler y su camarilla de truhanes se inclinaron por la llamada solución final: el extermino de los judíos, el asesinato en masa, el genocidio.
Aunque ya no pudiste ser testigo de lo que pasó en los años siguientes a la liberación de Europa, creo que te dará gusto saber que un grupo importante de asesinos al servicio del régimen nazi fue juzgado por las fuerzas aliadas en Nurenberg. Fue un juicio que puso de manifiesto la indignidad de un régimen que ejerció por años violencia física y moral contra millones de personas. Una magnífica intelectual, Hanna Arendt, cubrió para una revista norteamericana el desarrollo de los juicios contra los criminales nazis. Estoy seguro que te habría gustado mucho leer su testimonio y darte cuenta de que los verdugos de millones de personas no tenían ni siquiera el grado de humanidad suficiente para darse cuenta de que sus actos eran moralmente incorrectos. Arendt nos cuenta que la mayor parte de ellos pensaba que enviar a millones de personas a las cámaras de gas era como cualquier otro trabajo, como hacer pan, vender bicicletas o fabricar repuestos de coches. Por eso es que la percepción de sus propios actos permitió que Arendt dijera que su maldad era del todo banal, burocrática, mediocre.
Nada de eso habitaba, Ana querida, en tu espíritu y en tus páginas. Tiene razón Daniel Rops cuando afirma que tu escritura demuestra que tenías un corazón intacto. Esa pureza, fielmente transmitida en tus Diarios, nos alienta a seguir adelante, nos permite adivinar un futuro mejor y nos reconforta al recordar las enormes cualidades curativas que, incluso en los peores momentos, tiene la literatura, que es mucho más que un simple divertimento. La literatura es humanidad en estado puro. Recorriendo las páginas de tu libro no pude más que sorprenderme ante tu voracidad de conocimiento, ante la estrecha relación que estableciste con los autores que leías, que casi siempre te gustaban, pero con quienes también tenías discrepancias, como corresponde a todo lector inteligente.
Años después de tu muerte un importante filósofo escribió que después de Auschwitz (que fue quizá el peor de todos los campos de exterminio) ya no podía escribirse poesía. Quería decir que cualquier esfuerzo intelectual tendría que centrarse en la denuncia del holocausto y en evitar que sucediera de nuevo, sin desperdiciarse redactando versos. No creo que pudieras sentirte a gusto con ese pensamiento. Después de Auschwitz no solo es posible escribir poesía, sino que es más necesario que nunca. Creo que estarías de acuerdo con Antonio Muñoz Molina, quien ha escrito, a propósito de las peripecias humanas de Primo Levi y Eugenia Ginsburg en los campos de concentración, que La literatura, en esas situaciones límite, en ese momento en el que alguien se enfrenta a los extremos del dolor, deja de ser un entretenimiento, un adorno cultural, y se convierte en algo tan material y alimenticio como un trozo de pan o una cucharada de sopa caliente. Tu propio testimonio es la mejor prueba de lo acertada que resulta la reflexión de Muñoz Molina. El domingo 11 de julio de 1943 escribiste: Jamás las personas libres podrían concebir lo que los libros significan para las personas escondidas. Libros, más libros
.
Pero de que podamos seguir escribiendo poesía no se sigue que debamos descansar ni sentirnos a salvo ya para siempre, no significa que podamos cerrar los ojos ante la barbarie que ha existido y que puede volver a existir.
Las penurias que pasaste, Ana, a tan corta edad, ponen en entredicho y arrojan una sombra de sospecha sobre las comodidades de las que disfrutamos en muchos países. ¿Cómo abrir la nevera sin sentir vergüenza luego de leer que disfrutabas comiendo, por necesidad, papas podridas, o que tenías que contentarte con un tazón de avena para todo el día? ¿cómo justificar una existencia plagada de diversiones, cuando sabemos que hay personas que han sufrido y que siguen sufriendo privaciones indecibles, verdaderamente inhumanas? Después de leer tus páginas cualquier acto de nuestra vida cotidiana cobra nuevo sentido. Poder tomar una ducha con agua caliente, dar una caminata por el bosque, abrazarse sin temor con la persona amada, tener en el horizonte cercano una realización profesional o artística. Todo eso que con tanta ilusión te prometiste hacer saliendo de tu encierro y que ya nunca llevaste a cabo, pero que nosotros hacemos cada día, a veces incluso sin darle la menor importancia. No nos damos cuenta de lo afortunados que somos, de lo mucho que tenemos, a lo mejor sin siquiera merecerlo del todo.
Naciste el 12 de junio de 1929. Hace unos meses hubieras cumplido 77 años. Estoy seguro que a esa edad serías ya una gran escritora. Seguramente habrías publicado una novela contando tu experiencia de más de dos años de encierro y todas las peripecias que vivieron los habitantes del Anexo al que te trasladaste con tus padres y tu hermana Margot. Te habrías casado, quizá con Peter o con algún otro de tus admiradores, y habrías tenido hijos, como tanto lo deseabas.
Habrías hecho todo lo posible porque a esos hijos no les pasara lo mismo que a ti. Que no tuvieran que esconderse solamente por ser judíos. Que no pasaran hambre ni otras privaciones. Pero sobre todo hubieras empeñado tu vida para testimoniar el horror nazi, para evitar que el olvido permitiera su repetición. Fuiste una testigo excepcional y nos gustaría mucho tenerte ahora entre nosotros. Nos hace tanta falta escuchar voces como la tuya, saber que las decenas de millones de muertos no fueron inventados, sino que se trató de personas como nosotros, como nuestros padres, como nuestros hijos, como nuestros amigos. Como tú.
Estabas llena de ilusiones y ensoñaciones cuando escribiste tu diario, como cualquier niña de 13 años. Tus pensamientos sobre la vida, sobre los niños de tu edad y un poco mayores, sobre la relación con tus padres, sobre la forma en que te veías a ti misma siendo más grande, nada de eso es algo que no tenga cualquiera a esa edad. No había, en ese aspecto, ninguna diferencia entre tu y cualquier niña alemana, francesa, uruguaya, mexicana o australiana. Ninguna. ¿Porqué entonces tú fuiste perseguida y finalmente asesinada? Por profesar una religión; una religión a la que apelabas en los momentos de mayor desesperación, pero que no te hacía en modo alguna distinta de cualquier otro ser humano. Entre las personas, las creencias religiosas no pueden servir para determinar quién vive y quién muere. Cometieron contigo, y con millones de judíos, una gran injusticia. Tiene que llegar pronto el día en que todos seamos simplemente personas y no ya judíos, cristianos, extranjeros, mujeres, personas pobres, etcétera. Eso es precisamente lo que escribiste en tu diario el martes 11 de abril de 1944: Un día terminará esta terrible guerra; un día seremos personas como los demás y no solamente judíos.
Estoy seguro, querida Ana, que muchos de los lectores de tu Diario querrán saber más sobre la barbarie nazi, sobre la manera en que operaban esos enormes campos de exterminio que crearon los alemanes para eliminar físicamente a millones de judíos. Harían bien en buscar el testimonio de autores como Primo Levi o Eugenia Ginzburg (que no fue víctima de los nazis, sino de esos otros campos de concentración que construyeron los rusos para exterminar a sus propios disidentes internos: la locura no tiene nacionalidad), para -de esa manera- poder imaginar con fundamento qué sucedió contigo entre el mes de agosto de 1944, cuando la policía entra en el Anexo en el que vivías y los primeros meses de 1945 cuando mueres en el campo de concentración de Bergen-Belsen.
Tu valiente testimonio no nos permite saber qué fue lo que realmente pasó en los campos de concentración. Nunca lo sabremos en realidad, porque como dice Muñoz Molina lo que ocurrió de verdad nunca podrá saberse, por mucho que se escriba, se recuerde y se hable sobre los campos: igual que nadie ha vuelto de la muerte, nadie volvió tampoco de las cámaras de gas, nadie podrá contar qué se sentía en medio de la multitud de cuerpos desnudos amontonada en la absoluta oscuridad, oliendo el Zyklon-B y escuchando su silbido según se abrían las espitas y empezaba a infectar el aire. No alcanzamos a ver lo que estaba sucediendo afuera del Anexo, pero de tus páginas advertimos claramente la injusticia de la persecución nazi, su profunda inhumanidad. Con eso basta y sobra. Tu testimonio tiene pleno sentido y nos ilumina tanto el camino a seguir como el camino a evitar.
Querida Ana: desde allá donde te encuentres quiero que sepas que sigues teniendo muchos lectores. Lectores que admiramos la magia y la pureza que contienen tus páginas. El sábado 7 de noviembre de 1942 te preguntabas ¿Quién otro leerá nunca estas cartas, si no yo misma?. La traducción a más de cincuenta idiomas y los cientos de miles, quizá millones, de ejemplares vendidos de tu Diario dan respuesta a esa pregunta.
Cumpliste con tu destino al dejarnos una obra insuperable. Ahora todos nosotros tenemos la enorme responsabilidad de no permitir que se olvide. Y no solamente tenemos que hacerlo por nosotros, sino en el nombre de todas aquellas niñas de 13 años por las que daríamos la vida con tal de impedir que sufrieran lo que tú sufriste. Ojalá Ana, ojalá nunca permitamos que suceda de nuevo.
Coyoacán, México D. F.,
Octubre de 2006.